lunes, 23 de marzo de 2015

El médico de mi hijo

El médico de mi hijo ha sido una persona diría casi decisiva en su vida. Y por qué digo esto, por muchas razones. Razones que marcan la diferencia entre un pediatra y otro. Tenía este post pendiente de escribir, como homenaje a él y leer la mala experiencia de Cristina en su blog Bienvenida mamá lo ha hecho resurgir. ¡Hay esperanza en el mundo de los pediatras! No todos descienden de Herodes.

No fue el pediatra que elegimos, a ciegas, en el centro de salud que, en principio nos correspondía. En principio porque, aunque no te lo cuentan, al parecer nuestra ciudad es algo así como distrito único, es decir, que puedes elegir cualquier médico de cualquier centro de salud. Pues nada, que ese primer pediatra, ese hombre de Dios (por no decirle otra cosa) fue un absoluto desatino. Tal vez si el recién nacido no tiene problemas pues funcione bien pero si, como es el caso de El Santo, tras la normal pérdida de peso no lo recupere ni engorde... Pero, vamos, que tampoco, porque que una consulta de pediatría, a la que suelen ir dos personas y el niño, sobre todo cuando es recién nacido, tenga una sola silla para sentarse... Tal vez sea porque el espacio es pequeño no lo sé. Pero al lado está la consulta de mi médico de cabecera que es una plaza de toros sin necesidad. Pero bueno, de cómo parecía que quería engordar a El Santo para comérselo en Navidad no es de lo que venía yo a hablar.



El primero motivo por el que el pediatra runner/patorras/jipi (estos son los varios apodos que le hemos dado en esta casa en la que todo lleva mote si bien le solemos llamar por su nombre de pila) ha sido tan importante es que gracias a él mantenemos la lactancia a día de hoy (casi 13 meses). Mis tetas también han tenido algo que ver, claro. Cuando le conocimos El Santo no engordaba nada de nada y mis pezones (horrible palabro) eran pura grieta. Tanto que pensaba que nunca recuperarían su forma original; así de faltos de partes estaban (siento ser tan explícita pero es lo que hay). Así que nuestra lactancia, fatal establecida creo yo, peligraba día sí, día también. Gracias a su apoyo, no solo médico en el sentido de ver si el niño tenía frenillo y revisar nuestra postura al amamantar, cuando aún no era su pediatra por cierto, sino también moral y psicológico, tiramos para adelante. También tuvo mucho peso la ayuda recibida de un GALM (grupo de apoyo a la lactancia materna), otro post pendiente.

El segundo motivo es que atiende sin prisas. Mientras que el hombre de Dios, cuyo mote por cierto es DEXTER (creo que con eso lo digo todo) te estresaba, ya que notabas la prisa, con tu torpeza al vestir y desvestir a esa criatura con la que convives desde hace solo unos días y hablaba sin parar en lo que yo entiendo como una maniobra para evitar que tú hables y preguntes, El Pediatra (con mayúsculas porque él lo vale) lo primero que hace es alguna carantoña a tu pequeño y sentarte y preguntarte qué cómo estás TÚ (como mujer y como madre), entendiendo que los inicios maternales son como son y más si hay alguna dificultad, como era nuestro caso. Ni que decir queda que te explica tropecientas cosas más allá de lo típico y que escucha y responde a todas tus preguntas, muchas de lerderprimeriza, con paciencia.

El tercer motivo es que tiene un discurso moderado y respetuoso. Es un, no sé si llamarlo así, activista prolactancia materna pero también una persona con sentido común. En el caso de El Santo, llegado el momento, tras frecuentes visitas para ver cómo iba todo, hubo que complementar y se hizo. No pudo ser más comprensivo conmigo. De hecho anticipó que eso sería un poco bajón para mí. Y me animo, me dijo lo bien que lo estaba haciendo, que esto no era el final, que usábamos la fórmula como "medicamento"...

El cuarto motivo es que no juzga. Me consta que él siempre pregunta qué desea hacer la madre en relación con la lactancia y que no presiona (faltaría más, por supuesto) sino que asesora cuando se le pide.

El quinto  motivo es que se pasa los percentiles por el arco del triunfo, motivo de bastante peso a mi parecer. Mientras el niño esté activo pero tranquilo, no irritable y vaya creciendo, a lo ancho y alto, sin estancamientos ni bajadas en la curva, no problem.

Así que, si tu pediatra es un truño, mi mierderconsejo es que no lo dudes y busques un médico con el que te sientas a gusto, que comparta tu estilo, que esté actualizado, que dialogue con el paciente (en este caso con la madre del paciente) y no imponga, máxime cuando es un profesional de la medicina que no solo se encarga de la enfermedad ya que las revisiones se llaman, al menos aquí "del niño sano". No hay que aguantar tonterías, que la palabra "paciente" viene del que padece, no del que no se impacienta.

Y vosotros, ¿qué tal la experiencia con el pediatra? ¿Os ha tocado un pariente de la bruja de Hansel y Gretel o habéis tenido suerte?