sábado, 24 de enero de 2015

Seño, el bebé me está pegando. El efecto Pigmalion.

Seño, el bebé me está pegando. Esta es, probablemente, la primera referencia que le ha hecho a El Santo un compañero. Ahí es nada. Según le cuenta la susodicha seño a la abuelapaterna, eso le dijo un niño de la guarde. Que también y sin ánimo de ofender, un poco empanado no se puede negar que está teniendo en cuenta que El Santo es, en este momento de su vida, como un arbusto de tallo flexible: aunque se mece y balancea, ¡no se desplaza! Con que el niño-acusador (pobretico) se hubiera movido 30 centímetros, mi pequeño angelito no le hubiera seguido "pegando".

Mierderconsejo a cargo de los infantes
¡Ellos sí que saben!



La cosa, que llega la abuelapaterna y me cuenta la historia. Nos partimos de risa todos hasta que... se hace referencia a que han dicho que "va a ser pegón" (en plan comentario sin importancia). Y, entonces, inevitablemente, llegó la deformación profesional. ¿Cómo? ¿Perdón? ¿Que va a ser qué? ¿Estoy llamando a una línea de tarot? Lo que va a ser no lo sabe nadie pero lo que sí que tengo claro yo es que la probabilidad de que sea lo que le decimos que es es muuuuuy alta. Es el llamado efecto Pigmalion que consiste en la influencia que las creencias de una persona sobre otra, pueden tener en el comportamiento de esta. Es decir, si creemos que El Santo va a ser pegón, acabará siéndolo. Pero no de una manera mágica o telepática, no. Con más o menos intención trasladamos a los niños lo que esperamos de ellos, las capacidades o incapacidades que les observamos ("es que eres muy desordenado/ las mates se te dan fatal").
Al loro con el experimento que se cascaron el psicólogo Robert Rosenthal y la directora de colegio Lenore Jacobson. Corría el año 1963 cuando comenzaron a escribirse tras haber publicado él un estudio sobre la influencia de las expectativas de los investigadores sobre los sujetos en sus experimentos psicológicos y habérsele ocurrido que esto también podría darse entre profesores y alumnos (¡qué tremendo!). Ella, se ofreció a ayudarle y llevaron a cabo un experimento en la escuela que ella dirigía en California. Grosso modo lo que hicieron fue proporcionar información falsa a los profesores; se eligió a ciertos alumnos al azar y se hizo creer a los profesores que estaban a punto de entrar en un periodo de crecimiento intelectual. Lo que se esperaba era que la creencia de los profesores sobre la mayor capacidad de estos chicos hiciera que estos tuvieran un mayor desarrollo intelectual y, oh, ¡sorpresa!, así fue.
Estoy harta (en el sentido de muchas veces y de cansada) de ver situaciones en las aulas en las que las expectativas influyen, a mi parecer, negativamente sobre el desempeño del alumno. Es difícil de evitar, ya que no es algo intencionado (en la mayoría de los casos). Por ello es fundamental la reflexión, no solo de profesores, sino también de los padres, sobre qué creen que pueden hacer sus hijos, cómo creen que son para corregir posibles falsas percepciones y controlar lo que se les transmite a ellos.
Afortunadamente, este efecto tiene su vertiente positiva. Si muestro expectativas de logro sobre el trabajo de una persona su desempeño mejorará. ¿Por qué? Porque esta persona, a su vez, formula previsiones positivas. Esto está en íntima relación con la autoestima, tema futurible para alguna entrada.

Así que nada, ardua tarea tengo por delante en la crianza de El Santo. Espero poder cumplirla, ya que es algo que tengo clarísimo, evitando demostrar bajas expectativas y propiciando encontrar situaciones para hacerle llegar que puede con todo.

¿Conocías este efecto? ¿Te muerdes mucho la lengua o es más rápida que tú y te escapa algún gesto o palabra? Yo... tengo que seguir practicando.
Nueve besos y un abrazo