sábado, 31 de enero de 2015

La vuelta a casa

La vuelta a casa es borripilante. Bonita porque ya (al menos eso crees) pasó todo y al fin estás con tu bebé en casa. Horripilante porque acojona impresiona mucho abrir la puerta de casa y decir "esto ya es pa mí". Se acabó poder llamar a las enfermeras ante la más mínima duda o malestar (si te hacen caso, claro), que te lo bañen, que nadie se tenga que encargar de ordenar, limpiar... Es ahora, y no cuando nació el bebé, cuando empieza tu nueva vida. A menos que hayas optado por un parto en casa, claro.


Mi experiencia postparto es nefasta, para qué nos vamos a engañar. En el aspecto físico me refiero. En otros fui muy afortunada (hijo buenísimo, marido-padre implicado, madre que se desvivió por cuidarme, mente despejada que flaqueaba lo justo) Pero sé de muchos casos en los que el puerperio fue de chiste y en nada estaban dándolo todo en la calle.

Cuando salí del hospital con mi pequeño en brazos apenas podía andar bien. Salí llorando, de emoción se supone. Tenía la puerta de acceso al mundo del bebé como la bandera de Japón así que no podía andar bien. De hecho, en bastantes días mi postura era como si usara un taca-taca para andar, con perfil de Pato Donald con el culo para fuera. Ni de pie ni sentada y tumbada, de lado

Llegamos los tres, tan felices, en nuestro coche recién piñado el día anterior por el padre de la criatura. Es lo que tiene el cansancio de cinco días en el hospital sumado a la emoción de la paternidad.   La verdad es que el momento de abrir la puerta es bonito. Un poco como lo de el marido que coge en brazo a la mujer recién casados pero más liviano porque se coge a una criatura de entre 3 y 4 kilos normalmente. Y eso es en lo único que es liviano aunque, casi un años después, todo se va diluyendo.

Llegamos un viernes después de la hora de comer. La Doña, mi querida madre, que nos ayudo con la mudanza del hospital nos dejó solitos para llegar y vivir ese momento en intimidad y llegó algo más tarde. Después llegaron mi cuñada y sobrinos, mi hermano menor y mi padre.

Tuvimos la inmensa suerte de que mi madre se ofreció a quedarse con nosotros para echarnos una mano de forma que pudiéramos dedicarnos a El Santo sin agobio de aspectos primordiales pero secundarios en ese momento tales como comida, compra, recados... Me cuentan que no todo el mundo puede porque son momentos muy personales y algunas suegras molestan (con perdón de las madres del mundo): imponen su criterio, se encargan del nieto en lugar de ayudar con otras cosas para que sean los padres los que lo cuiden... Pero nada de esto nos pasó a nosotros. Y eso que yo lo temía. Fue muy fácil todo con ella y nunca le estaremos suficientemente agradecidos. Además, contábamos con una baza maravillosa: es enfermera. El chollo, vamos.

Mierderconsejos de los primeros días:

-Visitas: esto es muy personal, en el sentido de que cada madre tiene sus propias circunstancias, más o menos familia por ejemplo. Pero lo que es universal es que ninguna madre quiere visitas esos días. Bueno, sí, pero las que a ella le apetezcan. Lo mejor es que el padre de la criatura filtre, tanto al posible visitante como el tiempo de visita. Aquí os dejo 10 consejos para visitar a un bebé del blog de Pilar, Maternidad continuum que es una maravilla.

-Comida: o congelas como si te tuvieras que meter en un búnker o te traen o preparan en casa. Sí, el padre puede cocinar pero también está destroyer y casi mejor que se dedique a su mujer y a su hijo.

-Limpieza: si te puede ayudar alguien (contratado o familiares) estupendo. Si no, cero obsesiones. Lo que nosotros procuramos hacer es mantener el orden. Para mí, que no soy particularmente ordenada, era fundamental; me agobiaba ver muchas cosas por medio o no encontrar las cosas que necesitábamos así que estipulamos dónde se dejaba cada cosa para no volvernos locos.

-Mide tus fuerzas: las hormonas pueden hacerte creer que estás mejor de lo que estás y luego se paga.

-Duerme cuando el niño duerma. FUNDAMENTAL. Es raro cambiar el horario de forma que a las nueve de la noche estés casi metiéndote en la cama. Pero si el peque duerme, aprovecha.

-Medicación: si necesitas doparte hazlo. Muchas veces puede producirse mal cuerpo o dolores porque todo está inflamado. Se toma una un ibuprofeno cada ocho horas y tan ricamente. Gracias a eso al tercer día me pude incorporar.

-Déjate mimar que tú también lo necesitas.

-No seas autoexigente, sino condescendiente contigo misma. Si te encuentras fatal y no puedes darle el primer baño a tu bebé, ni el segundo, ni el tercero no pasa nada. Te vas a hartar, literalmente, de bañarle. Tanto, que querrás que le bañe su padre cada día (esa suerte tengo por aquí).

-Intenta no dejarte arrastrar por la melancolía; piensa que tu estado físico y mental obedece al parto, a los cambios hormonales, al cansancio... pero que es transitorio. Esto me lo repetía como un mantra. Lo malo es que estuve en modo monje un mes todo el día con el mantra. Probablemente así me salve de una depresión postparto.

En definitiva, que ánimo, que pasará pronto (o menos pronto pero pasará) tanto para lo malo, la malura que tendrás, como para lo bueno, que los bebés solo son así de chiquitos una vez. Así que, en la medida de lo posible, ¡disfruta el momento!

  


sábado, 24 de enero de 2015

Seño, el bebé me está pegando. El efecto Pigmalion.

Seño, el bebé me está pegando. Esta es, probablemente, la primera referencia que le ha hecho a El Santo un compañero. Ahí es nada. Según le cuenta la susodicha seño a la abuelapaterna, eso le dijo un niño de la guarde. Que también y sin ánimo de ofender, un poco empanado no se puede negar que está teniendo en cuenta que El Santo es, en este momento de su vida, como un arbusto de tallo flexible: aunque se mece y balancea, ¡no se desplaza! Con que el niño-acusador (pobretico) se hubiera movido 30 centímetros, mi pequeño angelito no le hubiera seguido "pegando".

Mierderconsejo a cargo de los infantes
¡Ellos sí que saben!